EL DUELO DESDE UNA MIRADA METAFISICA Y TRANSPERSONAL

Autor: Mónica Vanessa Osorio Pardo

El duelo, duele. Esta simple, sencilla y a la vez profunda frase ha caracterizado en nuestra sociedad occidental el proceso definido por Polo S., (2019) como un proceso adaptativo, doloroso y displacentero que se origina como resultado de la percepción de la consciencia de pérdida significativa y conecta los acontecimientos transpersonales.

«En ninguna otra situación como en el duelo, el dolor producido es TOTAL: es un dolor biológico (duele el cuerpo), psicológico (duele la personalidad), social (duele la sociedad y su forma de ser), familiar (nos duele el dolor de otros) y espiritual (duele el alma). En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y especialmente el futuro. Toda la vida en su conjunto, duele» (J. Montoya Carrasquilla, 1998), de aquí que un enfoque transpersonal tanto en la vivencia como en el acompañamiento terapéutico del duelo pareciera el mas coherente e indicado, ya que este enfoque ve al ser humano como un “Ser Bio – Psico – Socio – Eco – Espiritual”, que va mas allá de la identidad individual que se ha construido para adaptarse y sobrevivir.

Se trata según Grof (2006), de una crisis que afecta de un modo simultáneo los aspectos biológicos, emocionales, interpersonales, sociales, filosóficos y espirituales del individuo. Todo ello sucede en el contexto mucho más amplio del rechazo colectivo de la transitoriedad y mortalidad que caracteriza la civilización industrial occidental. El duelo, y la pérdida que le da su origen son parte intrínseca de la vida, y aun así por el rechazo existente se intenta huir de ellos, desaprovechando el aprendizaje y crecimiento que se puede obtener de éste, tanto a nivel individual como colectivo, en lugar de esto se pretende iniciar una carrera de huida que siempre se va a “perder” o en el mejor de los casos a empatar porque ambos – duelo y pérdida- siempre van a alcanzar al ser humano, a detenerlo y emplazarlo a decidir si los va a transitar o no.

Al hablar de duelo se habla de pérdida, perdemos lugares (mudanzas, migración), roles (duelo de maternidad: el hijo va duelando su crecimiento y la madre su maternidad junto a él), etapas de la vida (andropausia, menopausia, niñez – adolescencia – adultez), espacios físicos, trabajo, pareja, salud, y cualquier acontecimiento en la vida que tenga un inicio y un fin.

El trabajo con el duelo desde el enfoque Transpersonal para el duelante nos lleva al cultivo de una actitud de rendición ante lo que hay, actitud desde la que nos podemos dejar “vivir” la experiencia, por dolorosa que ésta sea, y abrazar lo que surge de la misma sin forzar su expresión, simplemente atestiguando lo que aparece de forma sostenida. Este “atestiguar de forma sostenida”, tarde o temprano, nos conduce a una visión más profunda, amplia y renovadora. Estar abiertos y despiertos a sensaciones de trascendencia nos puede llevar a comprensiones únicas de gran belleza que nos ayudan a realizar los ajustes necesarios para comenzar a vivir una “nueva vida” sin esa persona que físicamente ya no está.

En el caso del terapeuta acompañante se trata de la creación de un espacio de alivio del sufrimiento a través de la presencia y escucha activa, con la atestiguación serena, el silencio consciente y pleno y una actitud acogedora del dolor, sin juicio y sin pretensión de acelerar el proceso de duelo, para ello el acompañante se posiciona más allá del plano cognitivo, en este caso son claves la dimensión contemplativa y los estados de silencio.

Si bien desde el enfoque transpersonal al acompañar a otro ser en su proceso sea de la índole que sea es importante el vacío del terapeuta, en un proceso de duelo pareciera ser aún más importante, esto por lo especifico que cada proceso va a ser para cada quien en función de las creencias que tengan de la vida, la muerte y el mismo duelo en sí, además de los inesperados y por ende sorpresivos acontecimientos transpersonales inconscientes que se detonan con el duelo que se encuentra activo.

Según Polo Scott, la mayoría de los duelos traen consigo afectaciones en distintos niveles como lo es el Intrapersonal (la persona consigo misma, duelos previos no resueltos), el interpersonal (la relación con sus seres significativos), social (entornos donde se mueve el ser además de la familia), además de los transgeneracionales. Entonces, como acompañante de duelo, no hay ni debe haber guion a seguir, solo pensar como A Celis (1996), creyendo en la capacidad del acompañado de sanar por él mismo. En palabras de Albert Schweitzer, médico alemán: “El hechicero triunfa por las mismas razones que el resto de nosotros (doctores) triunfa. Cada paciente lleva dentro su propio doctor. Vienen a nosotros no sabiendo esta verdad. Hacemos lo mejor cuando damos al doctor que reside en cada paciente una oportunidad de trabajar”, es decir, el enfoque transpersonal entrega al paciente su poder de autosanación.

Etapas del proceso del duelo se han identificado varias y de diversos autores, entre los que podemos mencionar Elizabeth Kûbler-Ross, John Bowly, J. Wiliam Worden y Marco Polo Scott, entre otros, todos coinciden en que dichas etapas son mas un guía orientativa que un mapa a seguir, porque siendo el duelo un proceso tan particular que se ve afectado por las características de quien vive la perdida, de la pérdida en sí, del vínculo que existía con el objeto de la pérdida, entre otros factores, realmente es muy difícil definir una ruta que pueda describir el desarrollo de un proceso de duelo en general, cada uno es tan único como el ser humano que lo vive. Mas que las etapas interesa la elaboración de las tareas del duelo, es decir, lo que sucede mientras se transita el duelo.

El duelante pierde no solo al “objeto de la pérdida” sino también todo lo que había construido con él y en torno a él. Lo que se era con ese ser/relación, se pierde una parte de uno mismo, que solo se manifestaba/expresaba/ vivía con ese ser/relación. Es tiempo y trabajo, el tiempo solo no sana, esconde, hasta que se logre recolocar al ser/relación en otro lugar físico – temporal de la historia del ser que está elaborando el duelo. Este es un trabajo mas profundo de lo que se piensa, ya que implica una poda neuronal de todas las redes construidas con y en torno al “objeto de la pérdida”, para posteriormente volver a construir en este vacío neuronal otras redes o conexiones nuevas recolocando el “objeto de la pérdida” en el pasado, y hasta el cerebro se convierte en otro, nuevamente la rendición es vital aquí. En esta construcción del nuevo cerebro, la interacción y reconexión con la vida y, con aquello del ser que sigue vivo en lo que se puede apoyar es primordial, ya que ese será el alimento para el nuevo cerebro.

Esta construcción de un nuevo ser, que es lo que resulta de un duelo que ha sido elaborado debe abarcar los 4 niveles fundamentales del puzle que somos, descritos por Martínez (2020), a saber: Mente (¿qué pienso), Sensibilidad (¿qué siento), Yo Profundo (¿quién soy) y Cuerpo. Haciendo especial énfasis en el Yo profundo, el corazón de la persona, al yo armonioso y original, eso que nos hace únicos y nos conecta a la vida.

En este Yo Profundo, el ser humano encuentra dentro de sí, siempre permaneciendo en el presente (mente), los recursos para apoyarse y salir adelante ante cualquier adversidad. Las denominadas por Martínez (2020) “Rocas Interiores”, cuyo ejercicio continuo hace crecer las habilidades del ser humano para afrontar con paz y fortaleza aquello que le hace sufrir, son las siguientes:

  1. La aceptación de lo que ocurre
  2. El amor a sí mismo o acogida de sí
  3. La certeza de que hay salida
  4. La fuerza de la vida o fuerza interior se halla muy relacionada con aquella certeza
  5. La confianza,
  6. La fidelidad a si mismo
  7. La sabiduría del no reducirse
  8. La gratitud
  9. El sentido del humor
  10. El amor gratuito y sin condiciones, en la doble dirección de ofrecido y recibido.
  11. La experiencia de sentido
  12. Venir al presente en todo momento
  13. Experimentar la riqueza del silencio y de la práctica meditativa.
  14. La experiencia de la Unidad y de la Transcendencia

Al conectarse con ellos, el ser humano se reconstruye y crece desde sus raíces, con lo cual puede volver a tomar la vida y resignificar su experiencia.  

MI EXPERIENCIA

La metafísica llegó a mi vida cuando tenía 24 años a través de un librito color vino tinto titulado Metafísica 4 en 1, Vol 1 de Conny Méndez, era un regalo para mi papá que terminó siendo una bendición para mí. Desde la lectura de ese libro comencé a ver la vida con otros ojos, hasta ese momento nunca había pensado que hubiera otra forma de verla diferente a la que me habían enseñado. Reconocí que el ser humano era mas que un cuerpo, y que la vida no terminaba con la muerte física, además de muchas otras cosas relacionadas con el poder del los pensamientos y la prevalencia energética del ser. No sé por qué motivo, pero ya creía en la reencarnación y en la vida después de la muerte, la verdad es que mi mamá siempre ha tenido muchos libros y de diversos temas, así que asumo que en alguno de ello lo leí y la idea me resonó.

Al año siguiente nació mi primer hijo, Diego, y 13 años después falleció. Sin mucho que contar, un adolescente sano y deportista en una piscina en la urbanización donde vivíamos (después de 8 años, nos acabamos de mudar) rodeado de mas de 20 personas entre adultos y niños, un dolor en el abdomen lo llevó a sentarse en las escaleras del área de niños y ahí se desmayó. Tenía 20 minutos de haber salido de la casa. Un amigo suyo que cumplía años ese mismo día, se acercó por la ventana a decirme que Diego estaba como dormido en la piscina, obviamente dejé lo que estaba haciendo y mi esposo y yo corrimos directo allá. Al verlo en el piso, lo habían sacado y acostado a la orilla de la piscina, comenzó mi duelo (consciencia de la pérdida), ya que al verlo supe que en su cuerpo no había vida, sin embargo mi esposo y yo, con la ayuda de un vecino lo trasladamos a la clínica mas cercana, y allí después de mas de 45 minutos de reanimación (un hermano de mi esposo lo recibió) me informaron que Diego había muerto.

En la emergencia de la clínica, un desconocido nos tomó de la mano y nos rezó una oración cristiana, creo. Al finalizar, yo me retiré a un lado sola y me agaché y entregué a Diego a Dios, pidiéndole que hiciera lo mejor para él y se olvidara de mí. Y desde ese momento, aun cuando el dolor era inmenso confiaba y siempre he confiado en que era lo que correspondía para la evolución del alma de ese ser que encarnó como mi hijo Diego.  Por eso me identifico y puedo ratificar lo dicho por Rojas (2014): “Pienso que mientras mas identificación con lo trascendente y cuánto mas sentido universal de la vida tengamos, encontraremos mas argumentos para procesar de una manera adecuada la pérdida y salir fortalecidos” (p.114). Y con Grof (2006) cuando dice: “estaba equipado con un sistema de creencias espiritual y filosófico que trascendía la muerte” (p.20).

Durante los primeros meses, además de estar en una especie de adormecimiento emocional (ahora sé que eso me protegía), también presenté mucha hiperactividad, como si al moverme la realidad no me alcanzaba o dolía menos. Durante todo este proceso, e incluso antes de Diego morir me he sentí guiada y me dejé guiar por “algo” que sé que es mas grande que yo, que todos nosotros, y en este dejarme guiar apoyada en mi hiperactividad y en mis habilidades para el estudio comencé a buscar respuestas a preguntas que iban desde ¿dónde se encontraba¡, hasta ¿cómo lo podía seguir cuidando¿, parte de mi negación. En fin, esta búsqueda me encaminó a descubrir, conocer y aplicar una cantidad de herramientas, que ahora sé que son transpersonales, y que para mi constituyeron mi bote salvavidas en el que transitar mi duelo.

Inicié conversando con una señora que se había formado con Brian Weiss, y con ella se afianzaron mas mis creencias sobre la reencarnación y la vida entre vidas. Ella me habló sobre el Reiki, y también transité y sigo transitando aun ese camino que me permitió regresar a lo que Martínez (2020) denomina como la “casa psicológica” (p.25), donde se localiza el Yo Profundo y que se ubica en el bajo vientre (hara), la zona de la vida, ahora comprendo por qué siempre que hacía un “auto tratamiento” de Reiki terminaba en mi vientre, y a veces solo me quedaba ahí tanto en mi atención como con mis manos.

Luego de esto siguió lo que yo llamo mis “grupos de terapia de duelo” que en realidad no eran eso, pero para mi si lo eran, y los que compartían conmigo así lo permitían. Me inicié en el camino de la terapia sistémica a través de las Constelaciones Familiares, y estudios de Árbol Transgeneracional, descubrimiento tras descubrimiento le iba dando un lugar a mi historia con Diego dentro de mi sistema familiar, sabiendo en este caso, que no era la única ni la primera de mi sistema que había pasado por esta experiencia, y tomando la fuerza de las que antes habían podido, seguramente yo también iba a poder. Todos mis profesores fueron mis terapeutas y hoy agradezco que hayan estado ahí para sostenerme en lo que sea que cada modulo de estudio detonara en mí. Al ser mis maestras de Constelaciones “Chamanas” se tocaron muchos temas desde ópticas que nuevamente permitían que mi visión de la vida y la muerte me llevaran a enfocarme en la trascendencia del alma de Diego, y desde el amor conectarme con su bienestar espiritual lo que transformaba mi dolor.

A través de esta experiencia trascendí el enfoque dual de: si no está vivo, está muerto, a saber que sigue su existencia en su esencia energética, fuera de un cuerpo físico. El comprender que los dos somos en esencia energía, me permitió desidentificarme de mi rol de mamá, y a él de su rol de hijo, y reconocernos a ambos como energías eternas, lo cual primero, me dio el consuelo de saber que en “algún lugar” siempre hemos estado, estamos y estaremos juntos, no solo con él, sino con todos los seres con los que hemos compartido vida terrenal. Y segundo viéndolo con amor incondicional, comprender e integrar en mí que para esa alma que encarnó como Diego, mi hijo, lo mejor y mas conveniente era culminar esa encarnación en la tierra y seguir con su proceso evolutivo, encontrando en esa comprensión un amor inmenso hacia ese ser y hacia la vida.

Frankl (1991) ya lo decía refiriéndose a su esposa cuyo destino no conocía:” que el amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su significado más profundo en su propio espíritu, en su yo íntimo. Que esté o no presente, y aun siquiera que continúe viviendo deja de algún modo de ser importante”., (p.29)

En esta experiencia mi segundo hijo se convirtió en mi “motivo”, estar para él y poder ser su mamá en consciencia y presencia me servía de motor para continuar sanando y no dejarle a él, al menos de forma consciente, una herida de abandono. Mi esposo fue, ha sido y es el soporte que ha permitido que todo esto ocurra.

La meditación, el yoga y la consciencia de que mis pensamientos y emociones afectan mi realidad, fueron fundamentales para aprender a permanecer en el momento presente, disminuir la hiperactividad y no déjame arrastrar por la divagación de la mente que tanto sufrimiento genera.

Durante los primeros 3 años, especialmente en el tercero cuando dejé de interactuar tanto con otras personas experimenté momentos de absoluto retraimiento, y en ellos puedo decir que fue como si hubiese dejado salir el dolor de mi cuerpo, me enfermé de la columna, me atendí, y sané. Hubo momentos de mucha rabia como respuesta al asombro de lo inesperado de lo ocurrido, los cuales drenaba sin dañarme a mi ni a otros, pero me permitía drenarlos con cojines, almohadas, gritos, entre otros. Y también momentos de estancamiento, donde hacia lo mínimo que un ser humano requiere para seguir viviendo. Hoy veo que todo fue necesario para llegar a donde me encuentro ahora y en las condiciones que me encuentro.

Como consejo para experimentar un “buen” duelo, lo primero que puedo sugerir es dejarlo ser, sin resistencia, rindiéndose a lo que sea que nos muestre, una vez hecho esto, lo cual nos vacía internamente, “elegir un motivo” para construir el nuevo ser, para seguir existiendo de forma digna y el tercero, es vivir una buena vida, una vida desde la conciencia de impermanencia que trae como hábito diario la gratitud por el instante y la rendición ante lo que es en cada instante. Mi mantra personal es: Me rindo, me entrego, suelto y confío.

Desarrollotranspersonal.ve@gmail.com

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

Celis, A. (1996). Bases ideológicas de la psicoterapia transpersonal: Una propuesta. Terapia Psicológica N°20, vol. VI, N°1.

Grof, S. (2006). El viaje definitivo. La consciencia y el misterio de la muerte. La Liebre de Marzo, S. L.

Frankl, V. (1991). El hombre en busca de sentido. Editorial Herder. (12maed.) Barcelona.

Rojas, S. (2014). El Manejo del Duelo. Una nueva propuesta para un nuevo comienzo. Editorial Planeta Colombiana S.A.

Martínez, E. (2020). Psicología transpersonal para la vida cotidiana. Editorial Desclée de Brouwer, s.a.,

Centro Transpersonal. 19/03/2019. Virginia Gawel: El Proceso de duelo. (Video) https://www.youtube.com/watch?v=84SBlqH5MEI

Centro Transpersonal. 30/07/2018. Virginia Gawel: Dolor del Duelo. (Video). https://www.youtube.com/watch?v=I7kqJZZ7nkI

Centro Transpersonal. 17/05/2018. Virginia Gawel: Transitar un duelo. (Video). https://www.youtube.com/watch?v=Cxo_cvd1k8c

Tanatología Transpersonal. 16/12/2021. Clase Duelo e Intervención Familiar. (Video). https://www.youtube.com/watch?v=6XL5D4rWy68

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